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Parte 3. La escuela abandonada

Parte 3. La escuela abandonada Llegó la mañana y me convencí de que me había despertado debajo del carro. Las sábanas me pesaban, como si fueran de cemento, impidiéndome levantarme. Me hundí cada vez más en el colchón con cada respiro. Mis oídos me zumbaban y mis ojos se llenaron de lágrimas en el momento en que los abrí, una hora antes de que sonara mi alarma.  "Hoy voy a trabajar desde casa", escribí. Cerré mi portátil y me quedé inmóvil. Me quedé despierto en la cama por unas seis horas. Oí a Zev despertarse y marcharse. Oí que pasaban automóviles y la televisión le repetía noticias a mi perro. Vi aparecer alertas de reuniones en mi teléfono. Ocasionalmente lloré sin razón aparente. Al voltearme y revolcarme anudé mis sábanas en medio de la cama. Las cuatro esquinas del colchón estaban expuestas y yo yacía sudoroso en el borde. No me había duchado en dos días y me picaba la cabeza. Bajé brumoso y encontré una nota en el mostrador. El mismo mostrador donde me ...

Parte 2. El árbol

Ya no estaba llorando. Mi cara estaba adormecida. Caminé vigorosamente, con intención. Como una obra ensayada. Entré en el garaje y me paré en el centro, mirando a mi alrededor. Una escalera de mano. Recuerdo que me la dio el padrastro de Zev cuando se mudó. La saqué del gancho y volví a mirar a mi alrededor. Un cable de extensión, eso servirá. Lo agarré con mi mano libre y volví a entrar en la casa. El perro me vió caminar de el garage al patio. Me acerque al árbol y puse mi escalera debajo de él. Había pensado en esto muchas veces antes. Imaginé mi cuerpo colgando de esta misma rama. Sabía que sería un paisaje aterrador para quien me encontrara. Decidí que sería mejor colgarme de espaldas a la casa. Me imaginé que este árbol sería espeluznante para siempre. Tal vez lo corten y la piscina finalmente reciba algo de sol. Me preguntaba si Zev lo haría cortar antes de vender la casa. Me imaginé al agente de bienes raíces revelando que un hombre se había ahorcado en el jardín.  ...

Parte 1. El cuchillo

Lo había temido todo el día, ya era hora de volver a casa. Me detuve en la entrada y apagué el auto. Cerré los ojos y me senté sobre mis manos hasta que mis dedos se entumecieron. El perro no me había oído todavía. Aún podría darme la vuelta y marcharme. Podría conducir hasta que me quedara sin carretera o sin dinero. Podría empezar mi vida de nuevo en otra parte y probablemente cometer los mismos errores. Salí del auto y saqué mi bolso del asiento trasero. Cuando cerré la puerta el perro empezó a ladrar, alertandole a Zev de que ya había llegado. Caminé hasta la puerta como lo había hecho todos los días durante los últimos doce años. El aire se sentía pesado, como melaza, y la puerta parecía gigante. No recuerdo haberla atravezado. Me paré en el mostrador de la cocina sosteniendo mi bolso. Podía oír a Zev subir las escaleras. Dijo, con tono sarcástico, "¡Bienvenido a casa!". Yo no me di la vuelta. Subió y cerró la puerta. Yo colapsé. Empecé a llorar.   Me ac...