Parte 1. El cuchillo
Lo había temido todo el día, ya era hora de volver a casa. Me detuve en la entrada y apagué el auto. Cerré los ojos y me senté sobre mis manos hasta que mis dedos se entumecieron. El perro no me había oído todavía. Aún podría darme la vuelta y marcharme. Podría conducir hasta que me quedara sin carretera o sin dinero. Podría empezar mi vida de nuevo en otra parte y probablemente cometer los mismos errores.
Salí del auto y saqué mi bolso del asiento trasero. Cuando cerré la puerta el perro empezó a ladrar, alertandole a Zev de que ya había llegado. Caminé hasta la puerta como lo había hecho todos los días durante los últimos doce años. El aire se sentía pesado, como melaza, y la puerta parecía gigante. No recuerdo haberla atravezado.
Me paré en el mostrador de la cocina sosteniendo mi bolso. Podía oír a Zev subir las escaleras. Dijo, con tono sarcástico, "¡Bienvenido a casa!". Yo no me di la vuelta. Subió y cerró la puerta. Yo colapsé.
Empecé a llorar. Me acurruqué en un rincón de la cocina y lloré. Intenté callarme para que no me oyera, pero también quería que me oyera. Quería que viera que no estaba actuando maliciosamente. Que estaba sufriendo, que me estaba muriendo.
Lloré más y más fuerte y los mocos empezaron a salir por mi nariz y mi boca. El perro y el gato se acercaron y me miraron. Pensé en el artículo que había leído ese mismo día: "Cómo matarse sin dolor".
Una sugerencia fue clavarse rápidamente un cuchillo en el corazón. Apuñalado en el corazón, me gustó que sonara poético. Me imaginé a la gente diciendo "¿Oíste que Oli murió?", "Oh Dios mío, ¿cómo?", "Se suicidó, se apuñaló en el corazón". Me sentí bien.
Una sugerencia fue clavarse rápidamente un cuchillo en el corazón. Apuñalado en el corazón, me gustó que sonara poético. Me imaginé a la gente diciendo "¿Oíste que Oli murió?", "Oh Dios mío, ¿cómo?", "Se suicidó, se apuñaló en el corazón". Me sentí bien.
Levanté una mano y agarré un cuchillo del portador en la pared. Recuerdo haber comprado este cuchillo. Había cambiado una tarjeta llena de calcomanías que coleccioné del supermercado. Por cada diez pesos que gasté me daban una calcomanía. Después podría cambiar las calcomanías por productos. Ahorré mis calcomanías para este cuchillo. Hice que mis amigos me dieran las suyas cada vez que compraban en la misma tienda. Me encantaba mi cuchillo. Mientras presionaba la punta contra mi pecho escuché la voz de mi madre "este es un cuchillo muy bueno".
No se necesitó mucha presión antes de que empezara a doler. Comenzaron a surgir preguntas en mi cabeza. ¿Cuánto más fuerte presionaré?, ¿De verdad podría alcanzar mi corazón?, ¿No tengo hueso y músculos protegiendo mis órganos vitales?, ¿Siquiera cortaría la piel?.
Intenté otra parte de mi pecho, esta vez empujando más fuerte. Sabía que no podía hacerlo, ya había intentado este tipo de cosas antes. ¿Para quién estaba montando este espectáculo? Dejé la farsa y empecé a llorar de nuevo. Grité, pero no salió ningún sonido. El aire salió de mis pulmones y no pude respirar más.
Recordé los pensamientos suicidas que entretuve de niño. El suicidio siempre ha permanecido en mi mente. Ha sido mi verdadero compañero de vida, durmiendo durante los buenos tiempos y susurrándome al oído durante los malos. Aquí estaba de nuevo, una vida después, pensando en el niño triste que una vez fui, tratando de terminarlo todo por un corazón roto.
Bajé el cuchillo. No quería que Zev me viera sosteniéndolo. Seguramente pensaría que sólo trataba de llamar su atención, hacerlo sentir culpable, montar un espectáculo. Soy la reina del drama. Y probablemente tenía razón. Mis intenciones eran verdaderamente desconocidas para mí, lo que detestaba.
Recordé los pensamientos suicidas que entretuve de niño. El suicidio siempre ha permanecido en mi mente. Ha sido mi verdadero compañero de vida, durmiendo durante los buenos tiempos y susurrándome al oído durante los malos. Aquí estaba de nuevo, una vida después, pensando en el niño triste que una vez fui, tratando de terminarlo todo por un corazón roto.
Bajé el cuchillo. No quería que Zev me viera sosteniéndolo. Seguramente pensaría que sólo trataba de llamar su atención, hacerlo sentir culpable, montar un espectáculo. Soy la reina del drama. Y probablemente tenía razón. Mis intenciones eran verdaderamente desconocidas para mí, lo que detestaba.
Puse el cuchillo en el mostrador. Tal vez le llamaría la atención. "¿Estaba ese cuchillo ahí cuando subí las escaleras?". Lloré y me convertí en una bola más pequeña en el piso de la cocina. Lloré, dejé de llorar y de nuevo lloré.
Durante mis momentos de lucidez pensé en levantarme. Quise limpiarme antes de que Zev volviera a bajar. Lo oí secarse el pelo. Traté de pararme, pero no pude. El dolor era insoportable. Escuché sus pasos acercándose y cerré los ojos con más fuerza. " Lamento que estes sufriendo", dijo secamente. "Me tengo que ir, adiós". Oí tintinear las llaves del carro, y luego la puerta se cerró detrás de él. Se acabó, se fue. Estaba harto de mí.
No pude abrir los ojos por otros cinco minutos. Tanteé el mostrador hasta que volví a encontrar el cuchillo. Lo presioné contra mis muñecas pero no pude voluntariamente hacer el corte. Grité, esta vez el sonido salió. Sonó como una viuda llorando en un funeral. Tiré el cuchillo al suelo y pensé: "¿Por qué?"
El tiempo se detuvo por un rato. Se me secaron las lágrimas en la cara al contemplar sin atención el aire ante mí. Lentamente volteé mis piernas, me senté sobre mis talones y presioné mi frente contra el suelo. El piso se sintió frío en mi piel. Pensé en la pose del niño, la oración musulmana y los locos en las habitaciones acolchadas. Agarré el cuchillo, me levanté y lo apreté silenciosamente contra mi pecho. Otra vez no pude hacerlo. Lo solté y me fui al garaje a buscar una cuerda.
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