Parte 3. La escuela abandonada

Parte 3. La escuela abandonada

Llegó la mañana y me convencí de que me había despertado debajo del carro. Las sábanas me pesaban, como si fueran de cemento, impidiéndome levantarme. Me hundí cada vez más en el colchón con cada respiro. Mis oídos me zumbaban y mis ojos se llenaron de lágrimas en el momento en que los abrí, una hora antes de que sonara mi alarma.  "Hoy voy a trabajar desde casa", escribí. Cerré mi portátil y me quedé inmóvil.



Me quedé despierto en la cama por unas seis horas. Oí a Zev despertarse y marcharse. Oí que pasaban automóviles y la televisión le repetía noticias a mi perro. Vi aparecer alertas de reuniones en mi teléfono. Ocasionalmente lloré sin razón aparente.



Al voltearme y revolcarme anudé mis sábanas en medio de la cama. Las cuatro esquinas del colchón estaban expuestas y yo yacía sudoroso en el borde. No me había duchado en dos días y me picaba la cabeza.



Bajé brumoso y encontré una nota en el mostrador. El mismo mostrador donde me incliné y lloré la noche anterior. "Ambos estamos sufriendo a nuestra manera. Tal vez sea éste el momento en que más nos necesitamos el uno al otro. Espero que hoy encuentres paz y descanso. Con amor, Zev".



Zev es un buen hombre. Es el hombre más gentil que he conocido. A pesar del amor que nos tenemos, luchamos por encontrar felicidad. Nos perseguimos el uno al otro como ardillas alrededor de un árbol, buscando esa fugaz sensación de comodidad que una vez dimos por sentada. Él regresaría en un par de horas. Me di cuenta de que podía quedarme en casa y ser yo mismo, o ir a la oficina y ser otra persona.



"¡Estás aquí!". "Sí, me sentí mejor y decidí entrar". Sonreí, me reí, hice bromas. Fui bullicioso y eufórico. Mientras la gente se reía conmigo, me pregunté qué dirían si supieran que la noche anterior tenía una soga alrededor del cuello. ¿Qué pasaría si les dijera: "¡Intenté suicidarme ayer!". Qué pensarían si supieran que, después de recoger los pedazos de mi mente del césped, me vestí y fui a una fiesta. Si supieran lo bueno que soy siendo dos personas.



El día llegó a su fin y de nuevo el momento de volver a casa. Mi cuerpo tembló cuando vi el auto de Zev estacionado en la entrada.  Significaba que tenía que enfrentarme a él y a mí mismo. Me detuve, me di la vuelta y me marché. Me estacioné en una escuela abandonada de la zona.



Estuve en este mismo estacionamiento la noche anterior, preguntándome si alguien se alarmaría ante el extraño sentado en la oscuridad. Miré el edificio a través del vidrio. Casi podía oír a los niños que una vez corrían por los patios y pasillos. Si esas paredes pudieran hablar, hablarían de lágrimas, risas y potencial. Ahora todo en el edificio desmoronado acumulaba polvo. Tal vez había alguien ahí dentro ahora mismo. Adolescentes fumando marihuana u otro hombre perdido en sus propios pensamientos.



Bajé las ventanas, empujé el asiento del auto hacia atrás y traté de dormir. Usé mi bolso como almohada y me acurrucé en el asiento. Todo estaba tranquilo y en paz.



Después de un rato, el carro hizo ruidos mecánicos extraños. Las cerraduras se cerraron, los ventiladores se detuvieron y las luces se apagaron. Se me ocurrió que nunca había estado en el auto por tanto tiempo después de haber apagado el motor.  Escuchaba cosas que el fabricante de autos no quería que nadie escuchara. El vehículo ya debería estar vacío.



Mi estómago empezó a refunfuñar y me di cuenta de que no había baño en mi carro. Me ensucié un poco la ropa interior. Me sentÍ mal.



Empujé el asiento hacia adelante, encendí el motor y volví a la casa. Cuando entré me di cuenta de que estaba vacía. El cepillo de dientes de Zev no había desaparecido. Lo extraño tanto.

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